Dicen que cada copa de vino es un sorbo de la tierra de donde procede. Una degustación de un pasado y de un presente, de una cultura y de una tradición, de una región y de sus gentes. Nunca se ha descrito mejor como en el caso de los vinos del Priorat, una comarca vitivinícola agreste, abrupta y con una fuerte y heterogénea personalidad, que deja huella en unos vinos de alta calidad, muy minerales, frescas, afrutadas y elegantes.

 

Redescubierta en las últimas dos décadas por enólogos foráneos, atraídos por su embrujo, en el Priorat no solo se pueden catar vinos de extraordinaria excelencia, sino que se puede palpar toda una cultura arraigada a la viña y a sus frutos. Curiosamente, hoy es una de las comarcas más despobladas de Catalunya (a pesar de ser también una de las más pequeñas), lo que aún la hace más especialmente atractiva para (re)descubrir.

 

Paisaje típico en el Priorat

 

Un buen lugar de inicio de este viaje son las piedras llenas de historia de lo que fue uno de los monasterios más majestuosos, la Cartuja de Escaladei. Paseando entre sus ruinas se puede vislumbrar qué fue lo que aquellos monjes provenzales de la Orden de la Cartuja hallaron en este lugar como para hacer de él su hogar (dicen que un pastor había soñado con ángeles subiendo al cielo por una escalera enganchada en un pino, y de ahí su nombre de Escaladei); por qué fue la primera Cartuja de la Península; por qué dio origen al nombre de la comarca (priorato en catalán); por qué se convirtió en uno de los más importantes focos de cultura de los siglos XII y XIII; y sobre todo, por qué se considera la cuna de la cultura del vino de la zona... El lugar es increíble y dramático, y posiblemente el epicentro para entender el Priorat.

 

Hoy día solo unas 7.000 hectáreas de la comarca están destinadas a la viña (y solo 1.600 de ellas pertenecen a la DOQ Priorat), mucho menos de las 20.000 que a principio de siglo poblaban estas tierras. Y es que, la orografía es muy accidentada, “cataclismática”, en palabras de Josep Pla, lo que hace que el cultivo de la viña sea más complicado y exigente que en otras zonas más amables. Sin embargo, la menor producción ha sido compensada por una mayor calidad. Sus vinos, amparados bajo la DOQ Priorat, de mayor graduación y marcado carácter, y la joven DO Montsant, creada hace solo 16 años, son claros referentes en todo el mundo. La clave del éxito está en el gran respeto que sus elaboradores tienen por sus raíces y por la tradición (en muchos municipios se cultiva viña desde tiempo de los romanos), y el buen maridaje que ejecutan con la tecnología y la modernidad. Si a ello se suma la personalidad que la propia tierra y la naturaleza aportan, más su ubicación y su clima privilegiados, el resultado son vinos con carácter único.

 

Suelo de pizarra en el Priorat.

 

Pero para poder descubrir, entender y “vivir” estos vinos, hay que proseguir el viaje. La comarca tiene todavía muchísimas posibilidades para su explosión como zona enoturística, sin embargo, esta peculiar carencia de oferta para masas la hace también más mágica y atractiva. Coquetos establecimientos culinarios donde profesan el amor por los ingredientes de los que ahora llamamos de Km 0 (cuando antes simplemente decíamos que eran “de la huerta propia”), así como alojamientos de unas pocas habitaciones cuidadas con mimo, nos permiten coger fuerzas para seguir una ruta anárquica por pequeños y apasionados artesanos del vino, que nos abren las puertas de sus casas para enseñarnos cómo siguen elaborando vino como ya hacían sus abuelos y bisabuelos, unas pocas botellas que acaban de coger cuerpo en los bajos de sus casas centenarias; vinos apreciados allende nuestras fronteras. Es imprescindible que además de ver donde acaba el proceso, nos dejemos guiar por el lugar de donde todo brota, donde todo nace. La viña.

 

A los viticultores les gusta tener los viñedos junto a sus casas, pero por la zona no siempre es posible. Es fascinante ver, por ejemplo, en el municipio de Lloar, cómo muchos vecinos han tenido, y tienen, sus viñas “Damunt Roca”, es decir, en los campos sobre la sierra de la Figuera. Los caminos de cabras (de ferradura, en catalán) nos recuerdan todavía hoy el ir y venir incesante (hasta cinco veces al día) de los animales cargados con las uvas. Y es precisamente en el Lloar donde Bodegas Torres asentó su bodega en la zona.

El Lloar, Priorat.

 

Para captar la esencia de la comarca hay que pasear entre sus viñedos (más o menos despeñados), palpar la tierra y coger un puñado con la mano para ver cómo brilla por sus minerales, percibir los aromas de las hierbas aromáticas que nacen espontáneamente, mirar alrededor y ubicar las cumbres de la sierra del Montsant, las montañas de Prades, l’Argentera o la Llabería… Es lo que hace única a la comarca.

 

Pero los pequeños elaboradores han convivido y conviven con las modernas bodegas integradas en el paisaje, así como con las majestuosas construcciones que hablan también del pasado y que no hay que olvidar. Éstas últimas son las catedrales del vino, que el movimiento cooperativista de principios del siglo XX nos dejó como legado. Arquitectos como César Martinell, discípulo de Gaudí y padre del modernismo rural, firma algunas de ellas, como las ubicadas en Falset y Cornudella de Montsant. Nos hablan del esfuerzo de esta generación que se unieron para hacer la fuerza. Viticultores y enólogos que juegan con el pasado y el presente ofreciendo energía y entusiasmo en cada botella de vino.

 

Y es que, el Priorat es heterogéneo, rico en historia, en presente y futuro, y simplemente fascinante.