Considerada la puerta de entrada para el cultivo de la viña en la península Ibérica, l’Empordà construye su esperanzador futuro sobre los cimientos de una historia vinícola tan rica como importante para el desarrollo del sector, así como sobre una tierra (y climatología) de fuertes contrastes.

 

El lanzamiento de Somiadors (D.O. Empordà) supone la cuarta aportación a la colección 7 Magnífics. Vinos de proximidad que expresan la pureza de un terroir determinado y la particular manera de entender la viticultura de sus gentes.

 

En esta ocasión nos adentramos en una tierra mágica, creativa y bella a partes iguales: l’Empordà.

 

 

Entender la tierra para entender sus vinos

 

Situada en el noreste del litoral catalán, L’Empordà vive al abrigo y abrazo de la Tramuntana, por lo que se entiende que, quizás esos golpes de viento supongan a su vez golpes de genio creativo. Pongamos que hablamos de Dalí, o el Bulli de Ferran Adrià…

 

Lo cierto es que se trata de una tierra vinculada al color y la fantasía, a la creatividad sin mesura, a los sueños, una suerte de actitud surrealista ante la vida.

 

Entre mar y montaña. Una tierra de contrastes

 

L’Empordà construye su identidad mediante un paisaje de marcados contrastes, una pizca de cielo atrapado entre los Pirineos, al norte y la costa Brava, al este.

 

Este mismo contraste también muestra su expresión a pie de viña: La heterogeneidad de los suelos y microclimas es una de las características que mejor definen la D.O. Empordà.

 

En este sentido, el cultivo de la viña se beneficia de un clima mediterráneo, con veranos calurosos, pero moderados por la acción de la brisa marítima; e inviernos suaves.

 

Aunque el hecho más distintivo en lo climatológico es sin duda la presencia de la Tramuntana, el frío viento del norte que si bien dificulta las tareas de campo, favorece el estado sanitario de la viña.

 

 

Variedades: Carinyena y garnatxa, las reinas de l’Empordà.

 

Los factores climatológicos y orográficos hacen de la comarca el lugar ideal para el cultivo de variedades de ciclo de maduración medio y largo.

 

Gran parte de las cepas superan los 30 años, lo que supone producciones limitadas en cuanto a la relación cepa/rendimiento pero una gran calidad y complejidad en los vinos.

 

Las variedades tintas tradicionales, en especial la carinyena (samsó o mazuelo) y la garnacha o lledoner como se la conoce en la región, son y han sido los pilares básicos para el sustento del sector desde la “paleoviticultura”.

 

Hoy, lo ancestral convive con lo nuevo, de modo que variedades internacionales también tienen cabida en el jardín ampelográfico empordanès: Cabernet sauvignon, cabernet franc, merlot, syrah, monastrell, tempranillo y garnacha peluda.

 

Las variedades blancas dominantes y autóctonas son la garnacha blanca, el macabeu y el moscatel de alejandría, mientras que las foráneas encuentran acomodo en forma de chardonnay, sauvignon blanc, gewürztraminer o xarel·lo.

 

 

Carinyena

 

 

Garnatxa

 

 

Durante la última década, la aparición de una nueva generación de viticultores empeñados en devolver a la D.O. su ancestral esplendor ha revolucionado el panorama vinícola: En tan solo diez años la D.O Empordà ha pasado de albergar a penas 20 bodegas a representar más de medio centenar.

 

Los vinos

 

Los tintos muestran buen hacer, son de gran calidad, con cuerpo pero equilibrados, armónicos, bien hechos, que es mucho decir.

 

En su versión crianza o reserva, comparten notas muy características encerradas en una aparente complejidad: fragantes, sabrosos y especiados, pero siempre manteniendo la fruta al frente.

 

A pesar de que la producción de vino en la comarca se remonta a 2.500 años atrás, la D.O. Empordà es relativamente joven (1975).

 

Los blancos son frescos y nerviosos, sabrosos y de altísima calidad.

 

También se elaboran rosados, caracterizados por su color cereza y aroma delicado, muy frescos y de graduación alcohólica moderada.