La complejidad de los vinos blancos de calidad no entiende de meses del año y trasciende a la estacionalidad imperante en el inconsciente colectivo de los y las amantes del vino.

 

Porque, más allá de la frescura y una acidez punzante que nos devuelve a la vida en los días más calurosos, los vinos blancos admiten multitud de elaboraciones que hacen aflorar a su vez las notas más delicadas y cálidas.

 

Una caricia reconfortante de lías y fruta madura; una textura glicérica que bordea la frontera entre la seda líquida y la profundidad de un beso.

 

Para facilitar la aparición de esa sensación cálida tan agradable, quizás conviene servir el vino algo más subido de temperatura que la temperatura de cata. De ese modo, no sólo será más fácil identificar posibles defectos; además se podrán apreciar las notas del bouquet en mayor dimensión.

 

Dejaos seducir por estos cuatro blancos para esas frías noches de invierno:

 

Camino de Magarín (DO Rueda)

La apuesta más novedosa de la Familia Torres se ubica al amparo de la DO Rueda, donde la Bodega Magarín elabora un verdejo alejado de los estándares varietales (vinos jóvenes, vibrantes, cargados de fruta blanca, fresca y con nervio cítrico) para ofrecernos una versión más compleja de la variedad, donde juega con las pieles y la barrica, ganando en matices y profundidad aromática, madurez, estructura y una seductora textura untuosa.

 

 

Juan Ramón García es el enólogo responsable de un vino que se muestra pálido y brillante, con una nariz mágica, floral y cítrica, donde la verbena y una cálida confitura de limón descansan en un lecho de lías para hacer del paladar seda y cuerpo a partes iguales.

 

Waltraud (DO Penedès)

Como el amor, la riesling es una variedad poliédrica con distintos matices y grados de profundidad. En el caso que nos ocupa, nos encontramos ante un vino especial, que de nuevo se aleja del paradigma varietal para ofrecernos una versión compleja y muy personal. Un riesling propio y digno de su autor.

 

Waltraud, nuestra dulce rareza, construye su personalidad desde las tierras altas de la DO Penedès, donde su magnífica aclimatación le permite competir con las vendimias más conocidas y nobles.

 

Y lo hace de manera expresiva; dotando a la nariz de unas notas de fruta madura de hueso y fondo cítrico. Notas que en Waltraud evolucionan y conviven en un eterno abrazo olfativo con la golosa miel y el adulto humo; culminando en un paso por boca glicérico y con alma. Amor hecho vino.

 

Fransola (DO Penedès)

Albergadas en la parte alta del Penedès, encontramos las viñas de sauvignon blanc de la finca homónima.

 

De nuevo, una sabia combinación entre el respeto varietal y cierto grado de elaboración especial hacen de Fransola un vino muy especial: Parte del vino se vinifica en barrica sobre sus lías, por lo que es poseedor de un paladar amplio y de una amplia cantidad matices que ya nos adelanta su elegantísima nariz:

 

Fruta de la pasión, higo y plátano, de la mano de ricas especies (vainilla); constituyen el perfil organoléptico de un vino atemporal que destila gran elegancia.

 

Milmanda (DO Conca de Barberà)

 

El marco histórico y cultural en el que se asienta la finca que da nombre al vino arrastra consigo un legado de calidad que añada tras añada la Familia Torres mantiene intacto.

 

En un universo donde existen multitud de vinos chardonnay de calidad no es fácil brillar como lo hace Milmanda, desde la excepcionalidad y versatilidad que ofrece la variedad, para vinificarla de manera tan natural que apenas requiere manipulación enológica compleja. En este caso, al permanecer el vino en medio reductor como son sus propias lías, el sulfitado es innecesario.

 

 

El resultado es conocido y admirado en el mundo entero desde sus primeras añadas: Un vino intenso, de personalidad acusada e inimitable, con una estructura férrea sustentada en su magnífico grado.

 

Milmanda nos regala excitantes aromas de madurez en forma y gracia de melocotón, madreselva y miel; enmarcados en las elegantes y adultas notas de crianza que nos recuerdan a repostería y café; que evolucionan tras un lustro en botella para ofrecernos su particular canto del cisne, su noble nota de trufa negra.

 

El paso por boca se antoja eterno: Amplio, sedoso, limpio, cálido. De largo recorrido, nos deja un rastro profundo en el paladar y en nuestra memoria.