¿Como actuar ante la parte visual de una cata? ¿qué información proporciona el aspecto de un vino? ¿qué colores indican evolución en los blancos? ¿y en los tintos?

 

Claridad. Intensidad. Color. Si hablamos del hedonismo asociado al vino, es cierto que el aspecto, si lo comparamos con el sabor y el aroma, nos proporciona una mínima porción de placer. 

 

No obstante, ante una cata conviene analizar el aspecto del vino para determinar, principalmente, si existen defectos.

 

Por otro lado, la intensidad y el color aportaran pistas sobre el DNI del vino, en especial, sobre suedad. ¿Estamos ante un tinto joven y fácil de beber con unas sencillas tapas? ¿o por el contrario tenemos delante un añejo tinto que requiere sentarse en la mesa con un buena carne de compañía?

 

Veamos como se estructura la parte visual de la cata.

¿En qué fijarnos?

 

1. CLARIDAD

 

Nos referimos a un vino como “claro” o “limpio” cuando los haces de luz que le atraviesan no se dispersan en exceso.

 

La claridad u opacidad de un vino puede evidenciar la presencia de defectos. Un vino excesivamente turbio, con alto porcentaje de partículas en suspensión, puede ser indicio de un defecto.

 

Sin embargo, huelga recordar que casi todos los vinos tienen trazas de partículas en suspensión, en especial aquellos que no se han filtrado. Solo un índice muy elevado de estas partículas señalan que estamos ante un posible defecto, que se verá confirmado [o no] durante la fase olfativa o en boca. 

 

 

 

2. INTENSIDAD

 

La intensidad es la cantidad de color, ni más ni menos. Para detectar el nivel de intensidad se inclina la copa unos 45 grados aproximadamente, sobre un fondo blanco (un folio nos servirá).

 

Nos fijaremos entonces en la disposición del color del vino en la copa, desde el centro -la parte más profunda- hasta el ribete -la parte menos profunda y cercana al borde de la copa-.

 

La intensidad no solo nos aporta información sobre la posible edad del vino, también nos da pistas sobre la variedad. Recordad que existen variedades con un aporte de color muy elevado -cabernet sauvignon- y otras que por el contrario se muestran más tímidas -pinot noir- .

 

 

 

3. COLOR

 

Ante todo: el color del vino no va ligado al nivel de intensidad. Sin embargo, debido a que la profundidad de los líquidos cambia, la intensidad de los colores también lo hace. 

 

Los blancos y rosados, se muestran, en su mayoría, pálidos, casi transparentes en el ribete. De modo que para observar con mejor percepción el color de los vinos blancos necesitamos fijarnos en la superficie de la copa donde se concentre mas líquido, el centro.

 

De lo contrario, muchos tintos son tan profundos que quedan opacos en el centro y necesitamos del ribete para discernir con mayor claridad el nivel de pigmentación del vino y su intensidad.

 

 

LOS COLORES DEL VINO

 

Verde-amarillo-naranja-marrón. Son los colores base del vino blanco. Sobre ella se construye la gama de descriptores de color que va desde un verde casi transparente o amarillo pajizo para los blancos más jóvenes, al dorado para vinos de más edad, y marrón/ámbar si se trata de vinos muy viejos o pretendidamente oxidados:

 

 

Azul-rojo-naranja-marrón. Los descriptores de color para los vinos tintos parten de estos cuatro. Los tonos azulados, violáceos, púrpuras y rojos intensos (rubí, cereza) indican juventud; rojos más apagados (granate), madurez; mientras que las tonalidades que van del naranja al marrón señalan vejez y/o oxidación:

 

 

En síntesis y a modo de ejemplo, durante una cata y ante un cabernet sauvignon de añada reciente, podríamos decir de su aspecto:

 

“Vino limpio, sin aparente presencia de defectos. Color púrpura, profundo, de alta intensidad…”

 

Así de sencillo.

 

En próximas entregas, Nariz y Boca completarán la trilogía de las distintas partes de una cata y el mundo será vuestro (del vino, claro).

 

Mientras esperamos… Más vino por favor!

 

Rafa Moreno