Dicen que “con vino añejo y pan tierno se pasa el invierno”. En esta estación nos abrigamos por fuera y por dentro cambiamos nuestra alimentación para que sea más proteica y con comidas más calóricas. Guisos, legumbres, estofados y platos de cuchara es lo que más nos apetece con las bajas temperaturas.

 

Y con permiso del chocolate caliente, nada mejor que el vino consumido con moderación para dar candor. Además, sus taninos ayudarán a disolver la grasa de la comida tanto en boca como en el proceso digestivo.

 

Para armonizar estos tintos de más cuerpo, estructura y textura con las olas glaciales, lo mejor es sacarlos al balcón por la noche una media hora antes de abrirlos. Así, escucharemos a los viñedos de Perpetual, que nos hablan de la garnacha tinta y la cariñena, que crecen gracias al sol que absorbe la licorella; o disfrutaremos de un chardonnay con madera que aumenta la untuosidad en boca servido a unos ocho-diez grados para maridar con una deliciosa sopa de pescado: ¡la sopa de cebolla, con un chardonnay como Milmanda revitaliza que da gusto!

 

Las cremas de verduras armonizadas con un rosado como Santa Digna nos llevan a casa el clima de Chile, pues la graduación alcohólica del vino nos susurra al oído la latitud de la que procede. Aunque para que las sabrosas y calientes sopas nos ayuden a subir la temperatura lo mejor es intentar no beber en exceso porque la ingesta de este alimento ya nos aporta mucho líquido.

 

Como dice Ferran Centelles en su libro “Qué vino con este pato” el maridaje se basa en conceptos simples basados en el peso y la intensidad de los productos, equiparándolos con el cuerpo y el perfume del vino. De modo que puestos a hablar de platos de invierno, no podía faltar la fabada asturiana. Con su toque de pimentón, es un plato tan cremoso que para no enmascarar a un buen tinto necesita de un espumoso de método tradicional como Esplendor De Vardon Kennet, el primer espumoso elaborado en Catalunya por la familia Torres.

 

Acabemos con otro clásico, el cocido madrileño con el garbanzo como protagonista que, con el toque de la carne nos pide un excelente cabernet como Mas La Plana, o bien la carnosidad seductora de la merlot de Bellaterra.

 

En casa, si hay algo parecido a la calefacción de los sentidos es la nariz de notas especiadas de un sugerente y cálido brandy al acabar una buena comida. Regálate un Jaime I, destilado en alambiques de cobre, envejecido en el mejor roble americano y enriqueciéndose en las mejores soleras. O un Torres 20 Hors D’Age, bicampeón mundial de entre los brandis. Porque en invierno estamos más tiempo en casa y podemos disfrutar de lo que el frío incita: una buena lectura de sofá y manta con una copita de brandy en la mano.

 

¡No permitáis que se os congelen las ideas, que después de febrero ya es primavera!