Para algunos es un tic insoportable. Para otros, parte irrenunciable de la experiencia gastronómica. El caso es que fotografiar lo que comemos o bebemos y compartirlo con todo el mundo se ha convertido en algo muy habitual. Y en un tema recurrente de discusión, claro.

 

Un asunto sobre el que ya hay decenas de estudios y titulares. Desde la llamada dieta Instagram que asegura que ver lo que comemos es una buena idea para quitar el apetito y reducir los kilos, hasta los que dicen exactamente lo contrario: nada como un paseo por esta red social para querer devorar el menú completo.

 

¿Teléfonos encima de la mesa a la hora de comer, sí o no? Otro debate abierto que ha llevado a algunos cocineros a intentar prohibir las fotografías en sus restaurantes –sin conseguirlo, claro- mientras algunos locales han diseñado vajillas específicas para facilitar el trabajo de los adictos a Instagram. Lo importante es el titular.

 

Pero más allá de las opiniones enfrentadas, una cosa está clara: si vamos a fotografiar nuestro menú, mejor hacerlo bien. Algo que, si hablamos de vino, resulta un poco más complicado porque, como todos los aficionados y profesionales de la fotografía saben, esta bebida no es especialmente fotogénica.

 

Fotografiar vino no es fácil

En el estudio y con el material y la iluminación adecuada se pueden conseguir resultados espectaculares. Pero ¿qué ocurre en medio de una cena en casa o en el restaurante, de visita a una bodega o ese día que te animas a descorchar algo especial y quieres contárselo a todo el mundo?

 

 

Los reflejos de la botella, el color del vino, la falta de luz en el restaurante o bodega, la falta de acción en la imagen, una copa que no está perfecta y sólo lo vemos después de hacer la foto… La lista de problemas habituales es larga y bastante conocida.

 

Es verdad que siempre se puede optar por fotografiar la etiqueta como si se tratara de una prueba pericial y conformarse con eso como recuerdo. Pero si el objetivo es conseguir algo más atractivo –algo que suele y debería serlo- hay algunos trucos y consejos que pueden ayudarnos:

 

Luz y contraluz

La fotografía es luz. Evidente, pero nunca está de más recordar que su presencia o ausencia marcarán no sólo la calidad de la imagen, sino también el tono, el estilo y, a fin de cuentas, lo que esa instantánea va a transmitir.

 

Lo ideal es tener mucha luz. Mejor que sobre que no que falte, que de restar siempre hay tiempo. Pero luz de calidad, claro. La luz artificial es muchas veces un enemigo del fotógrafo, sobre todo si trabajamos con un teléfono móvil y no tenemos herramientas para poder corregirlo.

 

 

Por eso, siempre que se pueda hay que buscar la luz natural. Dicho de otro modo: la mesa junto a la ventana del restaurante es el lugar por el que luchar a la hora de sentarse si tenemos intención de fotografiar la comida y el vino.

 

Luz lateral, suave o indirecta -unas cortinas transparentes son de gran ayuda para hacer que no sea tan fuerte esa luz- y a disparar. Sólo con esto ya tenemos resuelto un 50% del problema.

 

De todos modos, con los vinos funciona muy bien el contraluz. Es decir, que la luz entre desde atrás e ilumine el interior de la botella o la copa, dando mucha más vida y color al vino. Si no tenemos luz natural, buscar una fuente de luz artificial –o convencer a alguien para que nos ilumine con su móvil- puede ser un buen recurso.

 

Hay que tener en cuenta que la mezcla de luces (artificial y natural) suele ser un gran problema, porque genera colores extraños difíciles de corregir después. Sobre todo, si pretendemos que en nuestra foto el vino tenga un color parecido al original. Aunque, ahora que no nos oye ningún enólogo, un secreto: mejor que luzca bonito a idéntico al original.

 

Restaurante, viña o bodega

Las fotos tomadas a contraluz también nos ayudarán a evitar los reflejos de la botella, uno de los problemas más recurrentes. Si no hay forma de esquivarlos, movernos un poco, elevando la altura de la toma o, al contrario, desde abajo, puede ayudarnos. Si nada funciona, un disparo cenital (desde arriba) es una buena solución. La copa llena sobre una mesa siempre es una composición que funciona.

 

 

Y es que, tan importante como la luz, es la composición. Si estamos en un viñedo, todo es más fácil. La botella entre viñedos, un detalle de las uvas, la copa con la hilera de vides… Lo mismo en la bodega, donde hay que jugar con la escasa luz ambiente para que se note la atmósfera. En estos casos, es casi mejor una foto un poco oscura y cálida que algo con mucha luz.

 

Por cierto, todavía no lo hemos dicho, pero nada de usar el flash del móvil. Los resultados rara vez convencen y las imágenes que produce son frías y muy artificiales.

 

Componer no es más que situar los objetos en la escena. Es básico tener en cuenta no sólo lo que se ve en primer plano (la botella, por ejemplo) sino el fondo. Hay que cuidar todos los detalles y darse cuenta antes de disparar. En todo caso, mejor revisar bien la foto en pantalla y repetirla antes de que nos hayamos bebido el vino y sea tarde.

 

El factor humano

¿Las fotos de botellas y copas son aburridas? La verdad es que a veces un poco. La solución es introducir más elementos en la escena que acompañen el vino pero sin restarle protagonismo. Nada funciona mejor que el factor humano.

 

Una persona descorchando la botella, sirviendo el vino, bebiendo, sujetando la copa… De repente, nuestro aburrido bodegón se ha convertido en una escena viva que parece invitar a abrir una botella y tomarse una copa.

 

Un detalle del corcho, por ejemplo, es otra idea para resolver una foto de vino diferente. O el reflejo de la copa sobre la mesa. O un brindis fotografiado desde arriba con varias copas (ojo que los vídeos cortos también funcionan muy bien). O la copa ya vacía. Salirse de lo clásico siempre es un recurso de lo más eficaz.

 

Aplicaciones para retocar

Más allá de la calidad de nuestro teléfono, es importante hacer algunos ajustes a las fotos antes de publicarlas. No se trata de pasar más tiempo retocando que fotografiando, sino cuatro sencillos trucos que darán fuerza a la imagen

 

Aunque hay aplicaciones muy completas y gratuitas (Snapseed) la mayoría de veces no hay ni que salir de Instagram. Elegir un filtro que nos guste y que no sea demasiado agresivo con los colores, subir un poco el contraste y la saturación, aplicar un poco de viñeteado y ya está. En un minuto nuestra foto habrá ganado muchos puntos.

 

Pero, sobre todo, el mejor truco y consejo es ver muchas fotos. Nada como observar lo que hacen otros para aprender de lo bueno y descartar lo malo. Y si acompañamos esa búsqueda y aprendizaje de una copa de vino, ¡mucho mejor!